La rabia en los Ojos del Caburga

Mi más reciente viaje a Valdivia, motivado principalmente por la celebración de Asgardfest, me dio la oportunidad de pasar un par de semanas en los pueblos de Villarrica y Pucón. Estando ahí me nació una gran necesidad de conocer algunos de los paisajes naturales icónicos de esta zona, por lo que rápidamente traté de recopilar y leer la mayor cantidad de mapas turísticos a mi alcance y le pregunté a cuanto conocido pude acerca de lugares interesantes para visitar.

Una sugerencia frecuente fue “Los Ojos del Caburga”, nombre que se le ha adjudicado a unos grandes pozones -ubicados entre Pucón y Caburga- que se destacan por el vivo color azul de sus aguas, que al ser vistos desde el cielo parecen dos grandes ojos azules. Tan sólo la idea de ver aguas de tan vívido color fue suficiente motivación para emprender un nuevo viaje.

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Muy emocionante era la idea de ver cómo las aguas del lago Caburga llegaban hasta aquí.

Llegar no fue difícil. Sólo tuve que tomar un bus en Pucón que fuese camino a Caburga y pedirle al conductor que me dejara cerca de la entrada. Me causó gracia al bajarme del vehículo la presencia de una pequeña tienda, ubicada al comienzo del camino de tierra que llevaba directo a mi destino, que vendía “sopaipillas XL”. Al verlas entendí que no era hipérbole el nombre y con sólo la mitad de una me bastó para no tener hambre durante el resto del día.

A diferencia de ciertas reservas naturales públicas, la entrada a este lugar no es gratuita debido a que el bosque que esconde las cascadas es terreno privado. Si uno quiere acceder, debe pagar entradas que valen aproximadamente 2.000 pesos (aunque sospecho que este valor depende de la temporada en que uno visita).

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Señales como esta habían a lo largo de todo el recorrido.

Ya habiendo pagado la entrada, me llamó levemente la atención la existencia de espacios para hacer camping y realizar actividades outdoor. Sin embargo, lo que de verdad me desconcertó fue la gran cantidad de letreros con indicaciones que a primera instancia parecían redundantes, dado lo evidente que eran las advertencias escritas. No pasó mucho tiempo antes de que me diese cuenta de la razón por las que se habían visto obligados a poner estos anuncios.

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“Por favor no tire monedas ya que el agua está perdiendo su color” .

Una imagen patética fue la que vi al llegar al río principal que alimenta al pozo. Lo que alguna vez debió ser una corriente natural de apariencia clara y esencia limpia, ahora brillaba por la infinita cantidad de monedas que habían sido lanzadas por personas sin cultura ni decencia.

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El agua estaba repleta de monedas cuyo brillo desde lejos se podía ver.

La pena que sentí al ver las miles de monedas en el agua se convirtió  rápidamente en rabia al ver cómo -a pesar de la advertencia explícita que prohibía lanzar plata- un padre de familia le daba a su hijo una moneda para que la tirase al río, contribuyendo aún más a la destrucción de lo que alguna vez fue un bello paisaje natural.

En su momento creí que esto sería lo peor que podría ver, pero rápidamente me di cuenta de que aquella ocurrencia era sólo un síntoma de un problema mucho más grande. Al caminar un poco mis ojos se encontraron con la desagradable imagen de una familia que engullía helados y botaba los deshechos en el pasto, ¿cómo era posible que en este lugar hubiese gente con tan poco amor por la tierra?

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Bolsas de té, palitos de helado, tapas de bebida y envoltorios de dulce eran algunos de los deshechos que yacían en la tierra.

Poco a poco se hizo obvio que la mayoría de los turistas que se encontraban ahí no estaban realmente interesados en disfrutar de la belleza inconmensurable de la naturaleza. No, la gente sólo estaba interesada en usar el lugar como excusa para hacer oda a la vanidad.  Estas personas, a las cuales les era imposible separarse de sus teléfonos celulares, les preocupaba más tomarse un par de selfies contra las rocas que ver el paisaje frente a sus narices. Era obvio que no les importaba el lugar, sólo estaban ahí para compartir la anécdota por Internet.

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Una imagen frecuente fue la de jóvenes tomándose selfies en el camino.

No fue menor la decepción que sentí. Los tábanos que constantemente trataban de picarme los brazos y piernas eran menos desagradables que las personas que, con traje de baño puesto, trataban estas mágicas aguas como si fuesen piscina pública. Lo peor de todo, es que ya se podía ver cómo la búsqueda de gratificación inmediata de estos egocéntricos desconsiderados estaba haciendo efecto en el entorno natural.

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Independiente de las advertencias, no fue extraño ver gente bañándose en las aguas.

Aún con la contaminación, “los ojos” siguen siendo un espectáculo maravilloso para quien busca la armonía de la naturaleza. En los profundos pozos de agua se puede ver cómo los peces nadan tranquilos rodeados de los poderosos árboles nativos y las espléndidas cascadas. Una imagen demasiado bella que no puede evitar hacer que uno se pregunte por cuánto tiempo más será posible ver este maravilloso paisaje. Una parte de mi teme que para cuando los turistas se den cuenta del daño que están haciendo, ya habrá sido demasiado tarde.

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La belleza de los ojos invita a la reflexión y a cuestionar la falta de cultura del turista promedio.
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