Las mujeres-guerreras que pelearon por Chile en el norte

Una de las mayores injusticias de la historia de Chile es que, en general, las mujeres han sido omitidas de esta  y no han recibido el crédito que merecen. Si bien las historias y proezas de figuras ilustres como Javiera Carrera e Inés de Suarez son conocidas por muchos, ha quedado relegado al olvido el relato de los logros y aventuras de cientos de mujeres cuyos nombres la mayoría desconoce debido a la negligencia con la que fueron tratadas por parte de las autoridades.

Por mucho tiempo los libros de historia han omitido una verdad innegable, ya que -independiente de si ha provenido desde la privacidad del hogar o las distintas dimensiones del espacio público- la mujer siempre ha tenido una importante participación en el desarrollo de la sociedad.

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Izquierda: Uniforme de cantinera durante la Guerra contra la Confederación. Derecha: Uniforme de cantinera durante la Guerra del Pacífico. Ilustraciones de Julio Berrios Salazar. Historia del Ejército de Chile. Nuestros Uniformes, Tomo XI

Sólo en las últimas décadas ha despertado la necesidad de re-descubrir y dar a conocer las experiencias hasta el momento olvidadas de interesantes figuras femeninas del pasado. En el caso chileno, la historia de “las cantineras” es probablemente una de las que más merece ser recordada, siendo imposible no sentir impotencia al conocer las experiencias de aquellas mujeres soldado que arriesgaron todo en la Guerra del Pacífico y cuyo sacrificio fue recompensado con el abandono y olvido.

¿Quiénes fueron las cantineras?

Cuando estalló la guerra contra Perú y Bolivia miles de mujeres buscaron la manera de ayudar a la causa chilena, muchas fueron las que viajaron al norte desde Santiago y Valparaíso junto a los regimientos esperando acompañar a sus parejas, hijos y amigos en el campo de batalla. Inicialmente a esta figura femenina que asistía a los heridos, preparaba la comida y cosía la ropa se le llamó “camarada”, y no tomó mucho tiempo para que los oficiales del ejército viesen en ellas un gran problema.

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Óleo de Héctor Robles Acuña que muestra una imagen idealizada de la Sargento Candelaria Pérez.

A medida que aumentaba el número de camaradas en el campamento chileno, también incrementaba el número de personas que se contagiaban con enfermedades venéreas. El número de enfermos creció a tal punto que se volvió un tema urgente para las autoridades militares, tal como reportó en una carta el Ministro de Guerra y Marina, Basilio Urrutia:

“Tiene conocimiento esta Comisión de que las enfermedades venéreas se han propagado en el Ejército Expedicionario del Norte de una manera lamentable y cree de absoluta necesidad para contener su desarrollo progresivo y los males consiguientes, […]  que semanalmente examinen las mujeres del batallón para averiguar si se encuentran infectadas y ordenar su retención y aislamiento hasta que no se encuentren curadas”.

La respuesta del alto comando fue inmediata: para combatir la creciente crisis infecciosa se decidió prohibir que las mujeres acompañaran al ejército chileno. Muchos consideraron que la decisión fue injusta y que era un gran acto de crueldad dejar abandonadas en el norte a aquellas mujeres que tanto habían arriesgado al dejar la capital.

Sin embargo, la prohibición no fue suficiente para frenar el obstinado espíritu de muchas que se empeñaron en viajar y que para este objetivo aplicaron todo tipo de estrategias, siendo la más común disfrazarse de hombre, cortándose el pelo e incluso dibujándose bigote. Si bien, en la mayoría de los casos el engaño era rápidamente descubierto, fueron varias las que lograron escabullirse y viajar debido en gran parte a que contaban con la complicidad de sus compañeros en armas, quienes valoraban el espíritu patriótico y la perseverancia de sus compatriotas.

Eventualmente el ejército decidió hacer una excepción a la prohibición femenina, gracias en gran parte a la presión popular y las opiniones positivas que algunos comandantes sostenían respecto a la presencia de camaradas en el campamento. Se estableció entonces, que un regimiento podría contar con un número limitado de mujeres que marcharían bajo el cargo de “cantinera”, haciendo honor a la legendaria Sargento Candelaria Pérez, la primera mujer en la historia de Chile que llevó ese título cuando peleó heroicamente décadas atrás en la guerra contra la Confederación peruano-boliviana.

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Ilustración de la Sargento Candelaria Pérez.

Los principales requisitos que el gobierno pidió, para evitar el problema del contagio de enfermedades venéreas, fueron que un regimiento sólo podría contar con un número máximo de dos cantineras y que estas tendrían que ser preferentemente solteras y de “moralidad reconocida”, portando el mismo uniforme que su batallón y llevando una cantina que evidenciara su rol de ayuda para los heridos en combate.

Lo que sabemos hoy en día de la mayoría de las cantineras que participaron en el conflicto es que provenían principalmente de centros urbanos como Valparaíso y Santiago y pertenecían a los estratos medio-bajo y bajo. En la práctica, su rol fue el de repartir agua y municiones durante el combate, ayudando a los heridos y empuñando el fusil para pelear cuando la situación lo ameritara.

El valor que mostraron en el campo de batalla y la abnegación con la que pusieron en riesgo la vida propia para ayudar a otros contribuyó a que las hazañas y nombres de varias mujeres sobresalientes quedaran registradas en la prensa de la época.

Así se llamaban algunas de las cantineras más conocidas:

1) Irene Morales:

Sin lugar a duda la más famosa  de las cantineras fue Irene Morales. En su juventud emigró a Antofagasta donde vivió con su segundo marido, un chileno que tocaba en la banda boliviana y que fue fusilado en 1878 por haber matado a un soldado boliviano en una pelea. Morales -al ver el cuerpo abandonado de su esposo- juró que buscaría retribución, fotografiando el cadáver para llevar siempre consigo la “imagen viva de la venganza”.

La oportunidad para buscar justicia surgió cuando estalló la guerra y el ejército chileno llegó a ocupar Antofagasta. Irene se entregó sin dudarlo a la causa chilena, incendiando el negocio de abarrotes del cual subsistía y donando todo lo que pudo a la Compañía de Artillería de Marina. Disfrazándose de soldado, Morales peleó en algunos enfrentamientos hasta que fue descubierta en la batalla de Dolores, donde se destacó su valentía y fue recompensada por el general Manuel Baquedano con el permiso oficial para marchar como cantinera con el salario de un sargento. En el diario El nuevo Ferrocarril Benjamín Vicuña Mackenna describió el episodio de la siguiente manera:

“El soldado-mujer del 3º se batió en Dolores, y marchó enseguida a Dibujo; en ese paraje la Morales por permiso especial del General Baquedano, pudo vestir su traje de mujer abandonando por primera vez su disfraz”.

Escritores de la época como Benjamín Vicuña Mackenna, uno de los pocos historiadores de la época que destacó la participación femenina en la guerra, y Nicanor Molinare  describen a Morales como una mujer cruel y vengativa con un profundo odio hacia la gente del altiplano, destacando un episodio en que mandó a fusilar a 67 hombres después de la toma del Morro de Arica . Sin embargo, estos mismos autores junto a otros contemporáneos también destacan su valentía y activa participación en los combates de Pisagua, Dolores, Ángeles, Tacna, Arica, Chorrillos y Miraflores, haciendo notar con igual énfasis su labor en el cuidado de los enfermos.

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Izquierda: Pintura de la Batalla de Dolores. Derecha: Fotografía coloreada de Irene Morales tomada en 1881 por el fotógrafo Eugenio Courret.

La cantinera del 3º de Línea volvió a Santiago cuando terminó la guerra. Estuvo presente cuando se inauguró el monumento al roto chileno en Plaza Yungay, donde su presencia fue reconocida por la prensa. Independiente de la admiración que causó en los periódicos, Morales murió poco tiempo después a los 25 años, en el anonimato y abandono en una sala común de un hospital de Santiago.

En muchos aspectos Irene Morales vivió de manera similar a la Sargento Candelaria: ambas provinieron del barrio santiaguino de La Chimba, lucharon por su país en una guerra y murieron olvidadas por el gobierno de la época.

2) Filomena Valenzuela

Una de las pocas mujeres de familia acomodada que participó en el campo de batalla como cantinera fue Filomena Valenzuela, quien al igual que muchas de las mujeres que marcharon al norte, fue a la guerra para acompañar a su esposo. José de la Cruz Vallejo la describe en La Cantinera del Atacama de la siguiente manera:

“No era conocida la señora Valenzuela como “cantinera”, nombre que nunca le dieron sus compañeros de expedición, sino que cariñosamente la llamaban: “Madrecita” y “la Patti del regimiento”, lo primero debido a su carácter bondadoso, verdaderamente maternal para con los soldados; lo segundo a causa de su gran amor al canto, pues doña Filomena había tenido desde pequeña una verdadera devoción por la música, y entonaba con voz sonora, hermosas canciones patrióticas y sentimentales que hacían vibrar de gozo a los jóvenes corazones que solo esperaban la hora de conquistar lauros para Chile”.

A través del transcurro de la guerra Valenzuela participó en varios enfrentamientos. En 1879 estuvo en la toma de Pisagua y la batalla de Dolores, al año siguiente se destacó al escalar la cúspide del Morro Solar, donde se le otorgó el título de “Alférez del ejército chileno” y acabó su carrera militar después de la toma de Tacna y Miraflores en 1881. Volvió a la vida civil en Iquique, donde trabajó como cantante y recitadora en la Compañía de Teatro Novedades y posteriormente en la Casa de Canto “Glorias de Chile”, una especie de taberna a la que iba la persona común para comer, beber y bailar.

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Fotografía de Filomena Valenzuela tomada en el año 1884.

Una aneurisma cerebral causó su muerte en 1924 y la sepultaron el 29 de octubre en el Mausoleo Sociedad Veteranos de 1879, en el cementerio Nº1 de Iquique. Sin embargo, no se le hizo el reconocimiento que merecía y sus restos, junto a los de otros veteranos, fueron enviados tiempo después a una fosa común.

3 y 4) Leonor Solar y Rosa Ramírez

Leonor Solar y Rosa Ramírez fueron dos jóvenes costureras de Valparaíso y Santiago que en la guerra participaron como cantineras del 2º de Línea bajo el mando del Comandante Eleuterio Ramírez. Junto a su comandante, las cantineras son recordadas por haber perecido violentamente en la batalla de Tarapacá, enfrentamiento en el cual sufrió graves bajas el ejército chileno.

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Muere el Comandante Eleuterio Ramírez junto a una cantinera. Grabado de Luis F. Rojas, Historia del Ejército de Chile. Nuestros uniformes.

Cuenta la historia que después de ser herido por una bala enemiga, el coronel Eleuterio Ramírez se refugió con otros 70 soldados heridos en una casa donde hicieron resistencia a la balacera enemiga. En tal lugar, las cantineras estuvieron desplazándose incesantemente para ayudar a los heridos y entregar munición a quienes aún podían luchar.

A pesar de sus esfuerzos, el coronel Eleuterio Ramírez sucumbió a sus fatales heridas y poco tiempo después los soldados peruanos capturaron la posición defensiva. En la furia de la guerra, las tropas de la alianza se desquitaron con los sobrevivientes, como cuenta el veterano Lucio Venegas en su libro Sancho en la guerra. Recuerdos del ejército en la campaña del Perú y Bolivia:

“Las desgraciadas mujeres que acompañaban al 2º de Línea caen en poder de los soldados peruanos y bárbaramente son mutiladas. Darles la muerte no les era suficiente; necesitaban todavía de un espectáculo que fuera nuevo en la extensa lista de sus crímenes. Con afilado acero les cercenaron sus pechos, y ellas, en medio de tan horrible suplicio, repetían sin cesar el nombre de Dios y el de la patria”.

5) Juana López

La historia de Juana López es una de tragedia y venganza. Nació en Valparaíso en 1845 y se enroló en el Batallón 2º de Valparaíso apenas comenzó la guerra, no tanto impulsada por una sensación de patriotismo, sino más bien para acompañar a su esposo y a tres de sus hijos.

El destino fue cruel y su esposo murió en la batalla de Dolores junto a dos de sus hijos, poco tiempo después pereció el hijo restante en otro enfrentamiento. Sin embargo, la pérdida de gran parte de su familia no frenó a la cantinera, quien continuó luchando hasta el final de la guerra, siendo participe en varias batallas e incluso acompañando al ejército chileno en la toma de Lima.

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Fotografía de Juana López.

Una de las cosas que distinguió a esta cantinera del resto fue que además de contar con el equipo tradicional de las cantineras, llevaba consigo una espada arrebatada a un oficial enemigo en cuya hoja, además de dejar un registro de las batallas en las que participó, escribió:

“Recuerdo de Juana López, como cual modo la espada vencedora con que vengó su sentimiento como hizo valerosamente Judith o Holofernes ¡VIVA CHILE! Sobre ésta espada que nunca jamás Chile será vencido. También espero que la persona chilena les cautiva la esperanza, con ella misma lo último. Para recuerdo firma Juana López. Enero 15 de 1881”.

Al igual que varias de sus compañeras de armas, Juana López fue completamente olvidada por el Estado al que sirvió. Murió abandonada en el hospital San Vicente de Paul a los setenta años en 1904. El Diario Ilustrado escribió indignado del acontecimiento, señalando que “ni un militar, ni un músico, nadie que fuera llevado por un sentimiento patriótico acompañó sus restos”.

Una vida luchando para morir en el olvido

En 1910 el Diario Ilustrado se refirió a la manera descuidada con la que hasta el momento habían sido tratadas las cantineras, “las heroicas mujeres que sirvieron al Ejército en la campaña de 1879-81 no han sido premiadas como debían serlo por el Supremo Gobierno, […] y aunque algunas de ellas vistieron uniforme, marcharon y pelearon como soldados en las batallas, no fueron tomadas en cuenta en la distribución de premios“. La manera en que las soldados fueron olvidadas por el gobierno nos recuerdan la importante deuda histórica que debe ser saldada con la mujer chilena.

Sin embargo, también es importante no solo recordar a quienes demostraron su valor con las armas, ya que fueron cientos de miles las mujeres que -independiente del estrato social al que pertenecieran- ayudaron de todas las formas que sus circunstancias permitieron. Cuando la guerra dejó viudas y huérfanos, fueron mujeres como Rosa Aldunate y Dolores Vicuña las que se preocuparon de recaudar dinero para ayudar; Cuando llegaron del norte miles de hombres heridos, fueron personas como Juana Ross de Edwards e Isidora Goyenechea las que financiaron hospitales para que fuesen curados. Grandes aportes que no suelen ser mencionados, así como tampoco se habla de las miles de mujeres que anónimamente ayudaron con su trabajo.

Es difícil saldar la histórica deuda que se tiene con aquellas mujeres olvidadas en el tiempo, pero quizás la mejor manera de comenzar a redimir los errores del pasado sea rindiendo tributo a los sacrificios, historias y hazañas de aquellos valientes espíritus de antaño.

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One comment

  1. Esto es parte de la historia de nuestro chile que no se cuenta. Gran valor y patriotismo de la mujer chilena.. debiese conmemorarse un dia para rendirles los honores que se merecen …gracias por entregarnos historia.lo principal y lo mas importante que debe tener un pueblo.

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